Introducción
El discipulado cristiano es un llamado fundamental para toda persona que desea seguir a Jesucristo. Este proceso no solo implica ser un creyente, sino también convertirse en un discípulo comprometido que emula la vida, enseñanzas y espíritu de Jesucristo. En este artículo, exploraremos las características del discipulado cristiano y cómo es posible vivir una vida que refleje nuestro compromiso con la fe.
Tabla de Contenidos
Jesucristo fue también un buen discípulo
Jesús es un gran maestro porque hace dos mil años fue un gran discípulo, el discípulo por excelencia, el gran discípulo de Dios. Los grandes maestros han sido antes grandes discípulos.
Jesús aprendía primero en la escuela de su piadosa casa paterna, después en la escuela de la sinagoga hebrea, luego, en la sinagoga misma, donde como se sabe, ya a los doce años aturdió a los sacerdotes con sus curiosas preguntas. A los 33 años, en la escuela de Juan Bautista, su precursor y maestro y en la escuela de la calle, la escuela de cualquier persona que encontrara por el camino, sobre todo en la de las mujeres. Recordemos su encuentro con la mujer sirofenicia (Marcos 7:24:30), pero de quien más aprendió sin duda fue de su «Abba», de su Padre.
Jesús desarrolló su fe, su confianza, en Dios y en los seres humanos en momentos de crisis, en las tentaciones en el desierto y en situaciones desesperadas en el Monte de los Olivos y en la cruz del Calvario; y por eso se convirtió en un hombre integral, en el primer hombre nuevo, en el Maestro «educador de humanidad» como decía Lessing, filósofo del siglo XVIII. Y el estudioso judío Montefiori describió a Jesús como: «la más influyente de todas las figuras de la historia y de todos los maestros de religión».
Participar del discipulado cristiano, significa, confiar como él en el amor de Dios. Esto es lo que hizo Jesús y por eso fue y es un terapeuta, un sanador eficaz, el modelo de vida humana para toda persona.
Fundamentación cristológica del discipulado
El apóstol Pablo en la carta a los Filipenses (2: 5-11) dice que los cristianos deben tener en sus vidas la misma actitud que orientó toda la existencia de Jesucristo. Y el texto de II de Corintios 8:8-13 resalta con gran sencillez este desprendimiento-encarnación: la compasión de Dios, un Dios que se abre a nosotros:
8.No es una orden; sólo quiero, mediante el interés por los demás, probar la sinceridad de vuestra caridad.
9.Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza.
10.Os doy un consejo sobre el particular: que es lo que os conviene a vosotros, ya que desde el año pasado habéis sido los primeros no sólo en hacer la colecta, sino también en tomar la iniciativa.
11.Ahora llevadla también a cabo, de forma que a vuestra prontitud en la iniciativa corresponda la realización conforme a vuestras posibilidades.
12.Pues si hay prontitud de voluntad es bien acogida con lo que se tenga, y no importa si nada se tiene.
13.No que paséis apuros para que otros tengan abundancia, sino con igualdad.
Esta dinámica de desprendimiento-encarnación y servicio, tiene una absoluta prioridad en la vida de los discípulos y de la iglesia así que como de toda la existencia cristiana. El seguir a Jesucristo, el discipulado cristiano, no se fundamenta en primer lugar en la comprensión de Jesús (adhesión intelectual).
Debemos admitir que no tenemos todas las respuestas, ni toda la verdad. Cristo llama a todo ser humano, con todos sus dones y facultades para que sirvan en el mundo (adhesión existencial).
El discipulado cristiano va más allá, incluso, de asistir a la iglesia o participar en actividades religiosas. Se trata de una relación personal de quien se ha propuesto seguir a Jesucristo que nos transforma y nos impulsa a vivir según sus enseñanzas. Ser un discípulo de Cristo requiere dedicación, esfuerzo y una voluntad genuina de amar y servir a los demás.
El cristianismo es la oferta de un aprendizaje religioso y no la imposición imperialista de una cultura. El discípulo cristiano necesita ser transformado. Estar cerca de Cristo significa un llamado a la transformación. Y al ser transformados, los discípulos deben vivir para la transformación del lugar donde Dios los ha situado. Seguir a Jesucristo significa que deben situarse donde él se situó, en el mundo de los pobres, y adoptar como suyas las opciones de Jesús, transformando de ese modo la vida, colaborando para que el reinado de Dios que es don y servicio se realice en medio nuestro. Decía Paulo Freire: » Cristo será para mí, como lo es, un ejemplo de pedagogo».
Compromiso con la Fe en el discipulado cristiano
Es Jesús quien llama al discipulado: “Ven y sígueme” (Marcos 1:14-20). Nuestra respuesta es al seguimiento y al servicio. En este caminar, los discípulos ven lo que Jesús hace y oyen sus palabras. Ver y oír son dos verbos fundamentales en el seguimiento. Los evangelios nos presentan la experiencia que los discípulos tienen de Jesús. A la pregunta de los dos discípulos de Juan que siguieron a Jesús: «Señor, ¿Dónde vives?». Jesús respondió: «Venid y ved» (Juan 1:40). A los discípulos de Juan que preguntan a Jesús: «¿eres tú el que ha de venir o esperaremos a otros? «Jesús les respondió: » Id y decid a Juan lo que visteis y oísteis» (Lucas7:19-22).
El cuarto evangelio nos muestra que, a través del ver, oír, tocar, o sea a través del testimonio de la experiencia de Jesús penetramos en su Misterio (Juan 19:35). Y este mismo evangelio elabora su cristología basado en la idea de Jesús como -El enviado del Padre- (Juan 7:18): «De Él vengo y Él fue quien me envió».
Un verdadero partícipe del discipulado cristiano muestra un compromiso inquebrantable con su fe. Esto implica no solo creer en Él, sino también tomar decisiones diarias que reflejen esa fe. La oración, el estudio de la Biblia y la participación en la comunidad de creyentes son esenciales para fortalecer este compromiso.
La teología de las relaciones para comprender y amar al prójimo
Jesús no existe para sí, sino que existe para las otras y los otros. La narración evangélica nos muestra que Jesús no se centra en sí mismo, sino que es un ser «excentrado». Su centro está en el Padre y en los demás. Él siempre está hablando o escuchando, habla con los seres humanos y habla con Dios, escucha a los seres humanos y escucha a Dios, con un oído bien puesto en la tierra y el otro en Dios. Nunca permanece cerrado, sin relacionarse. Está siempre abierto a las relaciones, por eso puede ser llamado «logos», Palabra.
Este mecanismo de relacionarse con los otros les permite comprenderlos mejor y llegar a amarlos. Quien ha decidido seguir a Jesucristo llega a amarle. El amor es un pilar fundamental del discipulado cristiano. Jesucristo enseñó que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:39). Este amor se expresa a través de acciones concretas: ayudar a aquellos que lo necesitan, mostrar compasión y ser un ejemplo de bondad.
Hoy confrontamos el problema de la tecnología. Entendemos que es un gran avance científico para la comunicación, pero puede ser también un obstáculo para las relaciones, algo que puede obstaculizar el discipulado cristiano.
Recientemente he tenido una experiencia que me ha asustado. Estaba en un aeropuerto. Había una familia con dos niños. Estuvimos más de tres horas esperando. Ellos no hablaron una sola palabra, cada uno tenía un celular en la mano. en un momento dado la madre envío un mensaje a los hijos a través del celular. Ellos se levantaron compraron una merienda y regresaron, compartiendo lo que trajeron sin decir una sola palabra. Los cuatro comieron en silencio. Algunos sicólogos hoy nos dicen que estamos formando niñas y niños autistas con esas adicciones que impiden las relaciones humanas.
Disposición para servir
Jesús nos mostró ese constante salir de sí, para ir al encuentro de las otras y los otros. Esa constante acción en beneficio de los demás caracteriza como debe ser la actitud del discipulado cristiano. «Ser Cristo para los demás » decía Lutero. Y debemos entender en su sentido más pleno y radical las palabras de Jesús después de su resurrección: » como el Padre me ha enviado, os envío yo también» (Juan 20:21). De este modo, Jesús envío los discípulos al mundo como continuadores de su misión de ayudar a instaurar el reinado de Dios aquí en la tierra. El seguir a Jesucristo no es para la mutua contemplación sino para la misión. Somos compañeros en la Misión de Dios.
El verbo griego «akoloutheo» se utiliza en los evangelios con los siguientes significados: caminar con alguien, acompañar, ir detrás de alguien, seguirlo. Este término aparece 59 veces en los sinópticos, 18 veces en Juan, 4 en Hechos, una en Pablo y 6 en Apocalipsis. Y este gran número de citas muestra la importancia del vocablo, que pertenece a los conceptos con los que se describe la empresa existencial de los cristianos, e indica el aspecto activo y dinámico de la fe. el que sigue a Jesús debe estar siempre caminando para no perder de vista al que va al frente.» Hay una sola cosa importante en la vida: haber encontrado a Cristo Jesús y seguirle», decía Ignacio de Antioquía.
La forma de dar testimonio de la relación con Jesús consiste en la praxis de servicio, que es la expresión visible del amor que nos permite reconocer al discipulado cristiano auténtico y verdadero.
Los discípulos de Jesucristo son llamados a servir. Jesús mismo dijo que no vino a ser servido, sino a servir (Marcos 10:45). Esta disposición para poner las necesidades de los demás antes que las propias es una característica esencial de un buen cristiano.
Transformación Continua del discipulo cristiano
El discipulado cristiano implica un constante proceso de transformación. Esto significa dejar atrás comportamientos y actitudes que no agradan a Dios y estar abierto a lo que el Espíritu Santo quiere hacer en nuestras vidas (Romanos 12:2). La santidad no es un destino, sino un viaje diario.
El cambio forma parte del discipulado cristiano, saber aceptar la voluntad de Dios y permitir que ejerza su transformación en nosotros es parte del proceso. Una apertura a realizar la –voluntad del Padre- propicia un encuentro más cercano entre el Dios creador y su criatura.
Cuando la vida está en función de la voluntad de Dios podemos aceptar que nuestros deseos y aspiraciones queden supeditadas a lo que nuestro Padre pretende obrar en nosotros y no a lo que nuestra voluntad desea o espera de la vida, este sacrificio emula y renueva constantemente en nuestras vidas el sacrificio de Jesús en la Cruz. Nuestra vida es un servicio, no solo al prójimo sino también a la voluntad de Dios. Transformar nuestras vidas según los designios de Dios puede tener efecto directo en nuestras relaciones personales, saber hacer lo que Dios dispone para nosotros y obrar con justeza nos hace acreedores de ser buenos hijos e hijas de Dios.
Evangelización como sentir indispensable en el discipulado cristiano
Un buen cristiano siente la urgencia de compartir el mensaje del Evangelio. Ser un discípulo de Cristo implica ser un testigo de las buenas nuevas de Jesucristo, no solo con palabras, sino también con actos que reflejen su bondad y amor.
Evangelizar no significa precisamente salir por el mundo a comunicar verbalmente la Buena Nueva, un cristiano es reconocido por sus actos y su testimonio ante la vida.
Ser “sal de la tierra” (Mateo 5:13) y luz del mundo (Mateo 5:14) significa obrar ante uno mismo y ante los demás impregnados del espíritu del propio Jesucristo, mantenerse en calma y saber escuchar los designios de Dios para entonces buscar la mejor respuesta a la propuesta que la vida nos hace.
Seguir a Jesucristo, mediante el discipulado cristiano, significa obedecer sus mandamientos. En Juan 14:15, Jesús dice: «Si me amáis, guardad mis mandamientos». La obediencia no siempre es fácil, pero es una manifestación de nuestro amor por Él y de nuestro deseo de vivir de acuerdo a sus enseñanzas.
Las mujeres dentro del discipulado cristiano en el movimiento de Jesús
En el movimiento de Jesús, las mujeres tenían el estatuto de discípulas (Marcos 15:40-41). En numerosas comunidades de la iglesia primitiva, las mujeres asumían posiciones de dirección y de apostolado. (I Corintios 16:19; Romanos 16:1,5,6,7,12; Colosenses 4:15).
Jesús tomaba en serio a las mujeres dentro del discipulado cristiano. Trató de sanarlas. Un ejemplo es la suegra de Pedro, que se levanta, convirtiéndose en un ser humano nuevo, apto y capaz, para demostrarlo se pone a servir (Marcos 1: 29-31).
Jesús rompe el prejuicio de la «impureza legal», dejándose tocar por la hemorroisa, la cual queda curada. También ocurre con la curación de la hija de Jairo donde él toca el cadáver (Marcos 5 :21 -24 y 36-43).
Jesús habla con una extranjera, la sirofenicia, y se deja convencer por ella curando por fin a su hija (Marcos 7 :24-30). Era inconcebible que un rabí entrara en casa de mujeres solteras (Lucas 10 :38-42) y que hubiera mujeres que siguieran a un rabí, abandonando sus hogares para acompañarlo en su misión itinerante (Lucas 8:3) donde se menciona a Juana, mujer de Cusa, funcionario romano. De este modo las mujeres desafiaban el respeto humano y las prohibiciones legales para seguir a Jesús (Marcos 15: 40-41: Lucas 8:1) viajando con él dando testimonio de un verdadero discipulado cristiano.
El hecho de que se nombren tres mujeres en el relato de la Pasión revela que eran conocidas y reconocidas en la comunidad como personas que ejercían algún tipo de liderazgo en el movimiento cristino de Palestina. Y la utilización de términos técnicos como diakonein (servicio) y akolouthein (seguimiento), aplicados a ellas, se las identifica como discípulas, ya que esos términos caracterizan el discipulado cristiano.
En el tiempo de Jesús la sociedad y la familia eran patriarcales. En la casa, el padre era el centro de todo. Tenía la autoridad absoluta y todos los miembros le debían obediencia. Estaba sometida de mil formas. Como esposa, su función era dar placer al marido, cumplir bien el papel de madre y realizar los quehaceres del hogar (Tito 2 :4-5).
En las familias pobres, las mujeres también ayudaban en el campo, no podían estudiar, ni ser discípulas de los rabinos, ni de los escribas. Se les excluía de la vida pública y en la ciudad y aldeas, cuando salían de sus casas, nadie podía saludarlas, o dirigirle la palabra en público. Jamás podían ser juezas y su testimonio era puesto en duda. No tenían derechos ni podían heredar propiedades. Ante esa realidad, Jesús inaugura un nuevo modo de relacionarse con las mujeres. Al analizar su práctica, nos damos cuenta que rompió con los tabúes tradicionales y se solidarizó con la lucha de las mujeres.
Conclusión
El discipulado cristiano es un viaje emocionante y transformador. Seguir a Jesucristo nos invita a vivir de una manera que no solo impacta nuestras vidas, sino también a la de quienes nos rodean. Al desarrollar características como el amor, el servicio y la obediencia, nos convertimos en verdaderos discípulos que reflejan la luz de Cristo en el mundo.